El deporte como aliado para combatir la depresión.

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Cuando se habla de depresión, muchas veces se piensa en una enfermedad silenciosa, casi invisible, que lo arrastra todo sin hacer ruido. Pero quien la ha vivido de cerca, o la ha visto reflejada en los ojos de alguien a quien quiere, sabe que ese silencio duele más que cualquier grito. Yo lo descubrí viendo cómo mi hermano se apagaba poco a poco, hasta que el deporte le devolvió el color a su mundo.

No fue algo inmediato. De hecho, si alguien le hubiera dicho en aquellos días oscuros que hacer ejercicio podría cambiarle la vida, habría soltado una risa amarga, ya que ni siquiera salía de casa. Se pasaba las horas tumbado, sin ganas de hablar, sin motivación por nada, sin energía ni para ducharse…Comía lo justo, dormía mal y cada vez que le preguntabas cómo estaba, bajaba la mirada y decía en susurros un “bien” que no convencía a nadie.

Durante meses, su estado fue empeorando. La medicación le daba algo de estabilidad, pero no era suficiente. Acudía a terapia, pero todo parecía estancado. Y lo más duro no era ver su tristeza: era ver su desconexión total con la vida. Como si él estuviera ahí, pero sólo físicamente.

Un día, sin pensarlo mucho, le propuse algo repentino: que viniera conmigo a dar un paseo, sin más, una sola vuelta al parque. Sabía que no iba a decir que sí a algo más ambicioso, pero para mi sorpresa, aceptó. No hablamos casi nada durante esa caminata, pero algo cambió. Lo supe porque al día siguiente, él mismo fue quien dijo: “¿Vamos otra vez al parque?”

Y así empezó todo. Sin un plan, y sin pensar en el deporte como terapia. Solo caminatas diarias, de 20 o 30 minutos, que poco a poco fueron alargándose. Al cabo de unas semanas, empezó a dormir un poco mejor. Tenía más apetito. Y, sobre todo, había un ligero brillo en sus ojos que no veía desde hacía meses.

Cuando el cuerpo se mueve, la mente también lo hace.

Hay algo casi mágico en lo que hace el deporte con una mente deprimida. Cuando el cuerpo se activa, se liberan endorfinas y serotonina, dos sustancias que ayudan a mejorar el estado de ánimo. Pero más allá de lo químico, creo que hay algo más profundo: moverse rompe la inercia y cambia la narrativa interna. Empiezas a pensar: “He sido capaz de esto, quizás pueda con algo más, y eso fue justo lo que le pasó a mi hermano.

Después de pasear durante varias semanas, empezó a interesarse por el running: primero hacía trotes suaves, y luego series cortas. No tenía un plan profesional, simplemente se guiaba por cómo se sentía, y fue lo mejor, ya que el ejercicio no estaba siendo una obligación, sino un refugio, una pequeña rutina que le daba estructura a días que antes eran grises y sin sentido.

Con el tiempo, añadió estiramientos, algo de yoga, ejercicios con su propio peso, e incluso empezó a buscar vídeos en YouTube. Leía sobre rutinas, escuchaba podcasts sobre salud mental y ejercicio, y hablaba de ello con más entusiasmo que cualquier otro tema.

El gimnasio como segundo hogar.

Animado por la evolución, se apuntó a un gimnasio pequeño del barrio. No era nada del otro mundo, pero para él significaba mucho. Al principio iba con miedo, ya que le costaba hablar con la gente y se sentía fuera de lugar. Pero una vez más, el cuerpo tiró de su alma: el simple hecho de ponerse las zapatillas y presentarse allí ya era un logro para él, y al poco tiempo, empezó a socializar con otras personas. Conversaciones pequeñas, pero constantes, lo cual también le ayudó.

Pasaron los meses y el cambio fue brutal. No solo físicamente, aunque había perdido peso, tenía más músculo y mejor postura. Lo que más me impactó fue verlo ilusionado otra vez: empezaba a levantarse temprano y con ganas, se organizaba sus comidas, iba al gimnasio casi a diario ¡Se reía más! Y lo mejor: empezó a hablar de futuro, algo impensable un año antes.

De la recuperación al propósito.

Lo más impresionante de todo fue ver cómo su afición por el deporte se convirtió en su motor vital. Ya no era una simple herramienta para mantenerse estable: se había transformado en su pasión.

Tanto fue así que, con el tiempo, y tras formarse como monitor y preparador físico, decidió abrir su propio gimnasio. ¡Quién lo iba a decir! Además, lo hizo sin grandes medios, alquilando un local pequeño y reciclando parte del material, pero con una visión clara: quería crear un espacio donde el ejercicio fuera accesible para todos, especialmente para aquellos que están atravesando momentos difíciles a nivel emocional, y quería transmitir su experiencia.

De hecho, muchos de sus clientes llegaron por ansiedad, estrés o tristeza, y encontraron lo mismo que él encontró años atrás: una tabla de salvación en el movimiento.

Si preguntáis por mí, la verdad es que me sentí muy preocupada al principio, ya que abrir un gimnasio no es moco de pavo (aunque sea pequeño) así que aporté mi grano de arena: investigué como podía hacérselo más fácil, e incluso a través de GestiGym di con una app que se encargaba de gestionar todas las reservas en el gimnasio, así que mi hermano pudo estar más tranquilo gracias a mí, y eso, a su vez, me relajaba a mi también.

El deporte no es la cura, pero sí parte de ella.

Mi hermano siempre lo deja claro cuando alguien le dice que el deporte le salvó la vida: “No me curó, pero me dio las herramientas para sostenerme mientras sanaba.” Porque la depresión no desaparece por correr 10 km o levantar pesas, pero lo cierto es que el ejercicio ayuda, y mucho.

Ayuda a romper el aislamiento, a regular el sueño, a mejorar la autoestima, a liberar tensión acumulada. También ayuda a crear una rutina (que es muy importante cuando todo parece desordenado por dentro) y ayuda a reconectar con el cuerpo, que en los momentos más duros parece ajeno, extraño, pesado.

Tanto fue así que le animó a montar su propio negocio, y desde que abrió su gimnasio, ha conocido a muchas personas con historias similares. Gente que llegó sin fuerza para levantar la mirada y que, con el tiempo, ha recuperado la esperanza, ya que a veces no es tanto el ejercicio en sí, sino el hábito, la sensación de que puedes volver a tomar las riendas de tu vida.

De hecho, hay adolescentes que encuentran en el deporte una vía para canalizar su ansiedad, y hay adultos que rompen con años de sedentarismo y descubren que aún tienen ganas de moverse. La clave está en el acompañamiento, en no juzgar, en crear espacios seguros donde cada paso, por pequeño que sea, sea celebrado. Y eso es lo que hace especial su gimnasio.

No hay presión por rendir, tan solo se valora el hecho de estar allí, intentándolo.

No todo el mundo necesita lo mismo.

Por supuesto, cada persona es distinta. No todo el mundo con depresión va a beneficiarse del mismo tipo de actividad física. Algunas personas prefieren deportes de equipo porque les ayuda a conectar con otros, mientras que otras se sienten más cómodas con ejercicios individuales; algunas encuentran alivio en el yoga o el pilates, y otras en la natación o el senderismo: cada persona es diferente.

Lo importante es no imponer una fórmula mágica, sino escuchar a la persona. Ver qué le apetece, qué le hace bien, qué le motiva, y entender que habrá días en los que no podrá, y está bien; que hay recaídas, que hay cuerpos que duelen, mentes que se bloquean, y, sobre todo, que, en todo ese proceso, el deporte debe ser un compañero, no un juez.

Una puerta de entrada a otras mejoras.

Una de las cosas más bonitas que vi en mi hermano es cómo el deporte actuó como detonante para otros cambios. Al sentirse mejor físicamente, empezó a comer mejor, a cuidar sus horarios, a leer otra vez, a reconciliarse con su cuerpo, e incluso a dejar de lado el tabaco.

Fue como un efecto dominó, y no porque el ejercicio hiciera milagros, sino porque cuando te sientes capaz de algo, te animas a intentar más, y ese tipo de pensamiento lo cambia todo.

Si hay algo que mi hermano siempre dice, es esto: “Ojalá alguien me hubiera dicho antes que no hacía falta estar bien para empezar a moverse. Que podía empezar jodido. Que podía llorar mientras andaba, y que eso, también era entrenar.”

Porque muchas veces, el problema está en la barrera mental, en pensar que el deporte es solo para gente feliz, saludable o motivada, cuando no es así. El deporte también es para los rotos, para los que están de duelo, para los que no encuentran salida, para los que empiezan con cinco minutos y sienten que ya no pueden más.

Y, sobre todo, es para quienes quieren volver a sentirse vivos, aunque sea poco a poco y no sepan por dónde empezar.

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