La depresión es la enfermedad estigma de nuestro tiempo.

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Trastorno depresivo

Aproximadamente 322 millones de personas viven con depresión en el mundo, según la OMS. A pesar de ello, es una de las enfermedades peor valoradas que existen. Los que no la padecen le quitan importancia, y los que la sufren, muchas veces, les cuesta reconocerlo.

Todo el mundo habla de la depresión. Todo el mundo tiene una opinión sobre ella. Hay quien piensa que es un estado de ánimo, quien defiende que se debe a carencias en la gestión de las emociones y quien opina que la provocan las condiciones ambientales. La sociedad es la culpable.

Lo cierto es que la depresión se basa en una alteración de los neurotransmisores. Hay un desequilibrio en la producción de serotonina, dopamina y noradrenalina, que afectan al sistema nervioso central. Algunos estudios recientes señalan que produce una inflamación de ciertas áreas del cerebro que hace que se agraven los síntomas. Por lo que la depresión tiene una base física, o más bien química.

Como recoge la web de la Fundación de la Universidad Pablo Olive, de Sevilla, la OMS señala que una de cada cuatro personas sufrirá un trastorno o enfermedad mental a lo largo de su vida. En un 10% de los casos, la enfermedad se hará crónica.

En este artículo no queremos hablar de en qué consiste la depresión. En internet hay una amplia bibliología sobre el tema. Vamos a centrarnos en la percepción social de la enfermedad y, por extensión, en la concepción que pueden tener los enfermos sobre ella.

A día de hoy, la salud mental continúa siendo tabú. Nadie quiere hablar sobre el tema con rigurosidad. Y menos asumir que se está enfermo. A la gente que tiene una enfermedad mental la continuamos viendo como a un “loco”, con todas las connotaciones negativas que tiene la palabra. Es una enfermedad estigmatizada.

Las enfermedades estigmatizadas.

En todas las épocas de la historia ha habido una enfermedad que ha sido repudiada por la sociedad. Una enfermedad a la que a los enfermos se les trataba como malditos y sobre la que se vertían multitud de mitos y climas de opinión, la mayoría de ellos falsos. Los enfermos, que formaban parte de esa sociedad, compartían a un nivel las ideas que se difundían sobre su dolencia, lo cual hacía que perdieran la confianza en curarse, que no asumieran su condición y que se aislaran cada vez más. Estas son algunas de estas enfermedades malditas:

·         La lepra en la antigüedad.

La lepra es una infección provocada por una bacteria llamada Mycobacterium leprae que ataca a la piel y a los nervios periféricos, provocando un engrosamiento de los mismos y una deformación del cuerpo.

En la antigüedad se pensaba que los enfermos de lepra iban perdiendo la carne y que se les iba cayendo a trozos. Esto no era así. La infección provoca manchas rojas y oscuras en la piel, y en su desarrollo, yagas que se van extiendo. Eso unido con la deformidad, dejaba una imagen impactante.

Se vivieron epidemias de lepra en Egipto, Persia, Mesopotamia y en diversas áreas del imperio romano. Hay varias menciones a esta enfermedad en la biblia.

Se corrió el rumor de que una persona se podía contagiar de lepra solo con darle la mano a un leproso o con respirar su mismo aire. La evolución de la medicina lo ha desmentido. La falta de higiene y salubridad en los núcleos habitados parece ser la principal razón por la que se propagó la enfermedad.

En la edad antigua, los enfermos de lepra marchaban a refugiarse a lugares apartados de las ciudades. Lugares que se llamaban cementerios de leprosos. Donde permanecían allí, alejados del mundo, hasta morir.

Hoy la lepra está prácticamente erradicada. Y cuando aparece algún brote, generalmente en algún país del tercer mundo, se elimina con rapidez por medio de una combinación de antibióticos.

·         La peste negra en la Edad Media.

La peste negra devastó Europa entre 1347 y 1353, como señela National Geographic Historia. Es la epidemia más mortífera que ha vivido la humanidad. Dejó un reguero de más de 50 millones de muertos en el viejo continente. Aproximadamente un tercio de la población.

Esta peste se transmitía mediante la picadura de las pulgas que vivían en pelaje de ratas, ratones y ardillas. Las cuales transmitían la bacteria Yersinia pestis. La epidemia se originó en Asia central y llegó a  Europa por medio de barcos mercantes que atracaron en los puertos del Mediterráneo, para vender sus mercancías.

La forma más rápida y habitual de contagio era por medio de la picadura de la pulga. Si bien, las personas infectadas, podían transmitir la enfermedad a otros humanos por vía respiratoria. Por medio de gotas de saliva que flotaban en el aire y que el enfermo propagaba al toser o estornudar.

Allá donde llegaba la peste, se recogían los cadáveres, se amontonaban y se quemaban. En algunas partes de Europa, se quemaba todo. Surgió la figura del médico de la peste. Un siniestro doctor, que vestía de negro, sin dejar ni un milímetro de piel al descubierto. Con la cara tapada por una máscara, con una nariz larga en forma de pico, donde en la punta se colocaban flores secas para poder soportar el hedor. Era la única persona que podía acercarse a los enfermos, puesto que si había sospechas de que alguna otra había estado con ellos, recibía de inmediato el rechazo de la gente. Se convertía en un apestado.

·         El SIDA en los años 80.

El 5 de junio de 1981 se registra los cinco primeros casos de SIDA en Californa, como nos recuerda la revista Sinc. Los 5 enfermos eran varones homosexuales. Ese mismo año se registrarán otros casos en Nueva York, Roma, Londres, París y Barcelona. Todos los enfermos tenían el mismo patrón. O eran gais y/o consumían droga por vía intravenosa.

Los dos colectivos pasan a ser inmediatamente repudiados por el conjunto de la sociedad. Se difunde que las prácticas, heterodoxas, de estos dos grupos generan malformaciones en el sistema inmunitario.

Entre los años 84 y 85, un grupo de investigadores franceses descubren que el causante de la enfermedad es un virus que destruye las defensas del cuerpo humano, y que se transmite por medio de relaciones sexuales (anales o vaginales) sin protección y por vía sanguínea (compartir agujas o jeringuillas).

A pesar de que se hace difusión sobre el descubrimiento, se vierten una gran cantidad de rumores infundados sobre la enfermedad. Se piensa que solo con darle un beso a un infectado ya puedes contagiarte.

Entre finales de los años 80 y principios de los 90, la enfermedad se propaga con rapidez por todo el planeta. Sobre todo por la falta de medicamentos eficaces. Hay que esperar al final de esa década para que la industria farmacéutica empiece a desarrollar medicamentos que permitían controlar la enfermedad.

La repercusión de la ansiedad y la depresión en las bajas laborales.

La ansiedad y la depresión no son ni una epidemia, ni una enfermedad nueva, pero el hecho de que a día de hoy, tal y como señala el INSST (Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo), se hayan convertido en la segunda causa más habitual de baja laboral, lo han puesto de actualidad.

Puede que las exigentes condiciones laborales influyan en ello, pero no se puede considerar ni como la única razón, ni como la razón principal. Para los psiquiatras, la depresión es una enfermedad multicausal. En la que interfieren factores ambientales, pero también neurológicos e incluso genéticos. La depresión tiene el doble de incidencia en mujeres que en hombres y tiene un impacto más severo a partir de los 55 años, sobre todo si se han vivido episodios de depresión con anterioridad.

La masiva incorporación de la mujer al mercado de trabajo, y el dato de que exista una cantidad considerable de trabajadoras mayores de 50 años que llevan trabajando ininterrumpidamente desde los 18, 20 o 25 años, hace que esta enfermedad sea más visible que nunca.

Pero no nos confundamos, no se habla más de depresión hoy porque haya más casos; sino porque la depresión produce bajas prolongadas que tienen una evolución poco previsible.

Un empresario sabe que si un trabajador se rompe una pierna, en 3 o 4 meses vuelve al puesto de trabajo. En el caso de una depresión no sabe cuándo va a terminar. Depende mucho de cómo el enfermo responda al tratamiento. La media de las bajas por depresión está por encima de los 13 meses.

El que sea una enfermedad mental, y no una lesión física, hace que se propague la idea de que todo es un problema de mentalidad, o en el peor de los casos, de que el trabajador está fingiendo y se lo está montando para no trabajar.

Un enfermo de depresión no puede controlar ni las ideas que le vienen a la cabeza, ni su estado de ánimo, ni su estado físico. Contra lo que mucha gente piensa, el enfermo no está todo el día encerrado en la habitación con el ánimo decaído. Principalmente, en las depresiones de larga duración, hay momentos en los que el enfermo se siente normal, pero hay otros periodos en los que está abatido o rumia ideas negativas o autodestructivas. Y lo peor de todo, no puede controlarlas.

La percepción del enfermo.  

Esas mismas ideas que circulan en la sociedad influyen en el enfermo. Conozco enfermas de depresión que están tan preocupadas por volver a integrarse al trabajo, que esa idea les provoca ansiedad y agrava los síntomas de la enfermedad.

Del mismo modo, evitan moverse por determinados ambientes porque temen encontrarse con algún compañero de trabajo y que les juzgue. Esto les provoca aislamiento y hace que desarrollen fobias sociales.

Por otro lado, otros enfermos evitan que se refieran a su enfermedad como a una enfermedad mental. Asocian el calificativo mental como un eufemismo de desequilibrado. Es importante que el enfermo asuma su condición y que no se deje influir por condicionamientos y prejuicios sociales. Que se desprenda de ellos, puesto que a un nivel los comparte.

La doctora alicantina Marina López Serra, una psiquiatra con más de 7 años de experiencia, especializada en el tratamiento de la sociedad y la depresión, y que ha trabajado en la hospitalización de agudos, opina que la depresión hay que tratarla desde un enfoque integrativo. Además de tratar la enfermedad desde un punto de vista médico, hay que reforzar el tratamiento con técnicas de psicoterapia y con otras herramientas con la intención de que el enfermo se integre en el entorno, y no que se aísle cada vez más.

En este tipo de enfermedades, el aislamiento es contraproducente. El enfermo ve su casa, su habitación, como un lugar seguro. Pero cuanto más tiempo esté encerrado allí, más tiende a hundirse. Debe intentar llevar una vida normal, pero siendo consciente de sus limitaciones.

Educar a la sociedad.  

Que deportistas como el jugador de baloncesto Ricky Rubio reconozcan en público que tienen ansiedad es positivo. No para evidenciar que los famosos son de carne y hueso y pueden tener enfermedades mentales. Si no para comprender la enfermedad.

Ricky Rubio llegó a la NBA con 21 años de edad, en el 2011, después de ganarlo todo con el Barça. Cuando estaba en la cima de su carrera, como recuerda la revista Olimpics, colgó las botas. La depresión pudo con él. “Yo quería jugar al baloncesto, pero no podía. La enfermedad me ataba.” – dijo en una entrevista que le hizo Jordi Évole.

Regresó a España y le costó mucho tomar la decisión de volver a jugar en el Barça, pese a que tenía el apoyo cerrado del club y de sus compañeros.

Fruto de la enfermedad, el regreso al baloncesto ha sido inestable. Hay semanas que Ricky no puede jugar. Aun así, siempre que tiene oportunidad, da charlas y concede entrevistas en las que comparte su testimonio.

“Es duro no saber si ya has jugado tu último partido.” En el 2023 abandonó por sorpresa la concentración de la selección española, cuando estaba preparándose para ir al mundial. Así funciona la enfermedad.

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