Esta es la luz que la NASA utilizó para curar heridas en el espacio y que mucha gente ya instala en su casa

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Hay cosas que la medicina usa desde hace décadas y que el público general desconoce casi por completo hasta que pasan muchos años… La luz roja es una de ellas.

A finales de los noventa, los ingenieros de la NASA detectaron un problema que nadie había anticipado: en el espacio, los astronautas se curaban peor. Heridas que en la Tierra cerraban en días podían prolongarse durante semanas en órbita. Sin gravedad, la circulación se resiente, el sistema inmune pierde eficiencia y la capacidad del cuerpo para reparar tejido se deteriora. En misiones largas, ese problema dejaba de ser pequeño y empezaron las investigaciones para ponerle remedio.

La solución llegó de un sitio inesperado. Investigadores de la agencia comprobaron que ciertos LEDs que emitían en longitudes de onda roja e infrarroja cercana aceleraban significativamente la curación de heridas. Pero para entender por qué, conviene dar un paso atrás.

La luz que vemos — lo que llamamos luz visible — no es más que una pequeña franja del espectro electromagnético. Ese espectro va desde los rayos gamma, en un extremo, hasta las ondas de radio, en el otro. Cada tipo de radiación tiene una longitud de onda distinta, y esa longitud de onda determina cómo interactúa con la materia. La luz visible ocupa una franja muy estrecha: lo que percibimos como violeta tiene una longitud de onda de unos 400 nanómetros, y lo que percibimos como rojo llega hasta los 700. Justo por encima de ese límite empieza el infrarrojo cercano — invisible al ojo humano, pero no inactivo.

Los LEDs que usaron los investigadores de la NASA emitían precisamente en esa franja: luz roja visible e infrarroja cercana, entre 600 y 900 nanómetros aproximadamente. La elección no fue arbitraria. A diferencia de la luz azul o ultravioleta, que apenas penetran la superficie de la piel, estas longitudes de onda tienen una propiedad poco intuitiva: atraviesan el tejido. Pueden llegar varios centímetros bajo la piel sin quemarlo, sin dañarlo, sin ninguna sensación de calor intenso. Y una vez dentro, interactúan directamente con las células.

El mecanismo por el que lo hacen está bien documentado. Dentro de cada célula, las mitocondrias — las estructuras que producen la energía celular — contienen una proteína que absorbe la luz en esas longitudes de onda concretas, como si fuera un receptor diseñado para ello, y en respuesta la célula produce más ATP: la molécula que alimenta prácticamente todos los procesos biológicos, desde la división celular hasta la reparación de tejidos.

En términos simples: la luz actúa como un interruptor metabólico. Las células expuestas a ella funcionan con más energía, se reparan más rápido y responden mejor a la inflamación. Las células expuestas en cultivos de laboratorio crecían mucho más rápido que las no tratadas. Los ensayos con personal naval mostraron más de un 40% de mejora en lesiones musculoesqueléticas. Así que comenzaron a aplicarla.

Lo que hace en la práctica: algunos beneficios documentados

 

La investigación sobre terapia infrarroja ha crecido notablemente en las últimas dos décadas. Estos son algunos de los beneficios comprobados:

Recuperación muscular y alivio del dolor

Es probablemente el beneficio más estudiado. La exposición regular a luz infrarroja mejora la circulación sanguínea, lo que se traduce en mayor aporte de oxígeno y nutrientes a los músculos. El resultado es una recuperación más rápida tras el ejercicio y una reducción del dolor en condiciones como la artritis, la fibromialgia o el dolor lumbar. Hay estudios con resultados positivos en esta área, aunque la mayoría son de muestra pequeña o corta duración — suficiente para tomarlo en serio, no para darlo por definitivo.

Salud cardiovascular

La vasodilatación que produce el calor infrarrojo tiene efectos directos sobre la presión arterial y la salud del corazón. Un estudio publicado en el European Journal of Epidemiology con más de 2.000 hombres encontró que el uso regular de sauna con luces rojas se asocia con niveles más bajos de proteína C reactiva, que es justamente un marcador de inflamación sistémica vinculado al riesgo cardiovascular. Asimismo, el efecto cardiovascular de una sesión de sauna infrarroja se ha comparado al de caminar a ritmo moderado, lo que da idea de que el cuerpo trabaja activamente durante la exposición.

Piel y colágeno

La luz infrarroja estimula la producción de colágeno, la proteína estructural que mantiene la piel firme. Por eso se usa en dermatología estética para tratar arrugas y cicatrices. Más allá de la estética, el colágeno es clave en la reparación de tejidos en general.

Sistema inmune

La exposición al calor infrarrojo eleva ligeramente la temperatura corporal central, reproduciendo el efecto de una fiebre leve. Ese mecanismo activa las defensas naturales del organismo. El cuerpo, en cierta medida, se prepara para combatir una infección aunque no haya ninguna.

Estrés y sueño

Quizás el menos sorprendente pero más valorado por quienes lo usan de forma habitual. La exposición al calor activa el sistema nervioso parasimpático — el del descanso y la recuperación — y favorece la liberación de endorfinas. El resultado suele ser una calma que se prolonga horas después de la sesión, y una mejora subjetiva del sueño bastante consistente entre quienes lo practican con regularidad.

Su progresiva inclusión en la sociedad: de la clínica al deporte de élite

 

Lo que empezó en laboratorios de la NASA llegó rápidamente al deporte de alto rendimiento. Los equipos de las principales ligas del mundo llevan más de una década incorporando la terapia infrarroja en sus protocolos de recuperación. La lógica es sencilla: en el deporte de élite, la diferencia entre ganar y perder a menudo está en quién se recupera más rápido. Si un músculo que tarda 72 horas en recuperarse lo hace antes gracias a esta terapia, el impacto acumulado a lo largo de una temporada es considerable.

Cómo usar la luz infrarroja en casa: la instalación de saunas de infrarrojos

 

La buena noticia es que esta práctica ya no está reservada a astronautas, deportistas de élite o centros médicos especializados. Durante años, acceder a este tipo de terapia requería acudir a una clínica, un spa o un centro deportivo equipado con tecnología específica. El problema era que muchos de los estudios que han analizado sus beneficios utilizan protocolos de varias sesiones semanales, algo difícil de mantener cuando cada sesión implica desplazamientos, horarios concretos y… dinero por cada reserva.

Precisamente por eso han ganado popularidad las cabinas de infrarrojos domésticas. Estos equipos trasladan el mismo principio utilizado en entornos profesionales —paneles que emiten luz roja e infrarroja cercana— a un formato diseñado para instalarse en viviendas particulares. A diferencia de una sauna tradicional, que eleva la temperatura del aire para calentar el cuerpo de forma indirecta, las saunas de infrarrojos emiten energía directamente sobre la piel, permitiendo alcanzar los efectos buscados con temperaturas más moderadas y un consumo energético generalmente inferior.

Una de sus principales ventajas es que no requieren grandes espacios. Existen modelos individuales que pueden instalarse en una habitación, un despacho, una zona de gimnasio doméstico o incluso en espacios relativamente reducidos, siempre que cuenten con una conexión eléctrica adecuada y una ventilación mínima.

Sin embargo, no todas las cabinas ofrecen el mismo rendimiento. Los expertos de Saunas Luxe recomiendan prestar atención, tanto a los materiales de fabricación que se utilizan, como a la distribución del sistema de calentamiento. En este sentido, explican que las cabinas construidas con maderas de calidad, como el abeto sueco o el ayous, ofrecen un buen aislamiento térmico y una mayor durabilidad frente a la humedad y los cambios de temperatura. En cuanto a la tecnología, aconsejan optar por modelos con varias pantallas infrarrojas estratégicamente ubicadas para garantizar una exposición uniforme y un sistema de control que permita ajustar la temperatura de forma precisa según las necesidades de cada usuario.

Una vez instalada, la utilización resulta sencilla. La mayoría de los estudios que han analizado esta tecnología emplean sesiones de entre 20 y 40 minutos, realizadas tres o cuatro veces por semana. No se necesita equipamiento adicional ni conocimientos técnicos avanzados. Como ocurre con cualquier hábito relacionado con la salud, los posibles beneficios no dependen tanto de una sesión aislada como de la constancia a lo largo del tiempo.

La diferencia entre una sauna tradicional y una de infrarrojos

 

Una sauna finlandesa tradicional funciona calentando el aire. La temperatura del ambiente sube hasta los 80 o 100 grados, y ese aire caliente calienta el cuerpo desde fuera. Es una experiencia intensa, con sus propios beneficios.

Una sauna de infrarrojos funciona de forma distinta. No calienta el aire que te rodea, sino que emite radiación infrarroja que penetra directamente en los tejidos, varios centímetros bajo la piel. La temperatura de la cabina es mucho más baja — entre 45 y 65 grados — pero el efecto sobre el cuerpo es más profundo. Es el mismo principio que el sol en invierno: el aire puede estar frío, pero la radiación te calienta desde dentro.

La gran ventaja práctica de una sauna doméstica frente a acudir a una clínica es la frecuencia. La investigación señala que los beneficios son acumulativos: tres o cuatro sesiones semanales producen resultados significativamente mejores que una sesión ocasional. Tener esa herramienta en casa elimina la barrera logística que hace que la mayoría abandone cualquier hábito de bienestar a las pocas semanas.

Por qué no es más conocida

 

Con todos estos beneficios documentados, la pregunta natural es por qué no está en boca de todo el mundo. Por un lado, la industria farmacéutica no tiene un interés especial en promover una terapia que no puede patentarse. La luz infrarroja existe desde que existe el sol. No hay pastilla, no hay molécula propietaria, no hay margen comercial que justifique una campaña masiva.

Además, los estudios, aunque numerosos y consistentes, son en muchos casos de muestra pequeña o corta duración. La ciencia del infrarrojo es sólida en sus mecanismos, pero los ensayos clínicos a gran escala todavía escasean. Eso la mantiene en una especie de limbo: demasiado respaldada para ignorarla, demasiado fragmentada para prescribirla de forma generalizada.

Por último, hay un motivo cultural. En los países nórdicos, donde la sauna forma parte de la vida cotidiana desde hace generaciones, sus beneficios se dan por descontados. En el sur de Europa, todavía se percibe como un lujo o algo propio de gimnasios de hotel.

Advertencia: cuándo no utilizarla

 

Con todo lo dicho, conviene ser honestos: la terapia infrarroja no es adecuada para todas las personas ni para todas las situaciones. Aunque suele tolerarse bien, algunas personas pueden experimentar efectos secundarios leves como enrojecimiento, sequedad o irritación de la piel, molestias que normalmente desaparecen por sí solas al cabo de unas horas.

Sin embargo, existen circunstancias en las que su uso no está recomendado o debe realizarse bajo supervisión médica. Por ejemplo, no se aconseja aplicarla sobre heridas abiertas, ya que el calor puede favorecer la deshidratación de los tejidos y dificultar el proceso normal de cicatrización. Durante el embarazo también es recomendable consultar previamente con un profesional sanitario, ya que la evidencia científica disponible sigue siendo limitada. Del mismo modo, las personas con cáncer deben evitar su aplicación sobre zonas afectadas por tumores salvo indicación expresa de su equipo médico.

También conviene extremar la precaución si se toman medicamentos fotosensibilizantes o si se padecen determinadas enfermedades cardiovasculares, problemas de tensión arterial o trastornos que afecten a la regulación de la temperatura corporal. Un uso inadecuado puede provocar mareos, bajadas de tensión, dolor de cabeza o sensación de malestar.

Nada de esto invalida los beneficios potenciales que han observado numerosos estudios. Simplemente recuerda que incluso las herramientas más prometedoras tienen limitaciones y no deben utilizarse de forma indiscriminada.

Por eso, si tienes alguna enfermedad crónica, estás siguiendo un tratamiento médico o simplemente tienes dudas sobre si este tipo de terapia es adecuada para ti, lo más prudente es consultar con tu médico antes de incorporarla a tu rutina. Una valoración profesional puede ayudarte a aprovechar sus posibles beneficios con las máximas garantías de seguridad.

Conclusión

 

Al final, la pregunta que se hace casi todo el mundo cuando llega hasta aquí es la misma: ¿merece la pena? Y la respuesta es que depende de lo que se espere. Si se espera un milagro, no. Ninguna herramienta de bienestar lo es. Pero si se busca algo que ayude al cuerpo a recuperarse mejor y que pueda hacerse en casa, entonces la terapia infrarroja tiene muy pocos competidores reales a ese precio.

Llevamos décadas rodeados de luz infrarroja — sale del sol, la emiten las chimeneas, la sentimos cada vez que algo nos da calor — sin saber que a escala celular estaba haciendo algo. La NASA no inventó nada nuevo. Solo descubrió para qué servía algo que ya existía.

Quizás por eso cuesta tanto ubicarla. No encaja bien ni en la medicina convencional ni en el mundo del bienestar alternativo. Lo que sí es cierto es que cada vez más gente la tiene en casa, la usa con regularidad y no la cambiaría por nada.

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