Un tímido en una residencia universitaria

Hace años, cuando iba a comenzar mi etapa universitaria, yo era un chico muy tímido. Posiblemente era por mis defectos físicos, especialmente el tema de la gordura, algo que me tenía muy acomplejado y lastraba todas mis relaciones sociales por el miedo a no ser aceptado. Pero llegó ese momento en el que debía pasar a los estudios superiores y tenía que abandonar la comodidad de mi casa para irme a Madrid, a la capital, con tanta cantidad de gente por todas partes, en las clases, en el supermercado, en el metro, en las marquesinas del autobús… Y lo que es peor, un lugar donde todavía no tenía amigos, ya que no conocía a nadie de esta ciudad y ninguno de mis amigos de Soria se había decantado por Madrid para estudiar allí la carrera.

Tenía mucho miedo, parecía que iba a ser una de las experiencias más difíciles del mundo para un chico tímido. De hecho, en mi casa lo sabían, y aún recuerdo las palabras de mi padre, quien al subirse al coche tras dejarme en la residencia universitaria bajó la ventanilla y me dijo: “Ahora enciérrate en la habitación y no hables con nadie”. Por supuesto, lo hacía en modo irónico, tenía miedo de que me encerrase en mí mismo y no consiguiese hacer amigos al igual que los demás.

Me decanté por venir a una residencia universitaria, en concreto la Institución del Divino Maestro, que es una fundación benéfico-docente promovida y patrocinada por el Arzobispado de Madrid desde el año 1927 y entre cuyos universitarios destaca muy especialmente la dedicación al estudio y su magnífica disposición para la convivencia. Lo hice así por dos motivos. Por un lado creía que sería lo mejor para estudiar al tener mi propia habitación y ser relativamente independiente, así como por tener todos los servicios cubiertos (limpieza, cocina, etc.). Y por otro suponía que el hecho de tener que compartir piso con otros estudiantes a los que no conocía de nada y que podían hacer fiestas o no encajar con mi carácter me podría traer problemas.

Al final fue una de las mejores decisiones que tomé en mi vida pese a mi juventud, ya que aquí fue donde se dio el punto de inflexión para resolver todos mis problemas de timidez.

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Fuera timidez

Como no podíamos tener televisión en la habitación y todavía no conocía a nadie ni sabía qué hacer, ya que aún no habían empezado las clases para estudiar, esa primera noche que me quedé solo me bajé a la salita de la televisión. Allí había otros compañeros que ya habían llegado, al igual que yo, y que ya estaban viendo la televisión. Fue curioso porque ellos mismos se me presentaron, lo cual me dio una tranquilidad infinita. Entre ellos apenas se conocían, pero habían estado hablando de la programación de la tele para esa noche para ponerse de acuerdo acerca de lo que quería ver, y así habían ido entablando conversación, pasando luego a preguntarse de dónde eran, qué estudiaban, etc. Para ese día acordaron ver una peli de superhéroes y querían ir al supermercado para comprar palomitas, gusanitos y todo el condumio. Me invitaron a ir con ellos y decidí sumarme, intentando esconder mi timidez para que no se diesen cuenta.

Al día siguiente, tras la peli, cuando bajé al comedor de la residencia universitaria a desayunar, había muy poquita gente, que todavía no conocía, y me senté solo en una mesa. No servían los cereales que solía echar yo a la leche, así que me bajé los que me había dejado de mi madre. Y curiosamente al poco bajaron algunos de los compañeros de la noche anterior y me pidieron los cereales y se sentaron a mi mesa con la promesa de comprar ellos el siguiente paquete. Y así seguimos hablando y conociéndonos más. Es lo que tienen los colegios mayores y las residencias universitarias, que te obligan a charlar, ya que tienes que compartir mesa en las comidas.

Había alguno más de mi carrera en esa mesa y me propusieron bajar juntos a ver los horarios a la facultad. Ya nunca me separaría de ellos, porque iríamos caminando todos los días juntos hasta la universidad, con lo que haría unos amigos y compañeros para siempre.

Con estos mismos decidí apuntarme también a algunas de las actividades deportivas que ofrecía la residencia universitaria, y también a la beneficiosa natación en la piscina de la universidad, de forma que seguí haciendo nuevas amistades sin casi pretenderlo, dejando atrás mi timidez sin darme cuenta, y perdiendo también un peso con el deporte que me ayudó a ganar, además, seguridad en mí mismo.

En definitiva, una de las mejores experiencias de mi vida y la que cambió mi carácter para olvidarme de la timidez para siempre, algo que agradezco ahora en la edad adulta.