Mi perro me ayudó a superar la depresión y la ansiedad

Llevaba dos años durmiendo bastante mal por las noches (de hecho las siestas por la tarde parecían un regalo de Dios) y sufriendo muchas pesadillas. Algo que achacaba a que cenaba mucho, tarde o muy pesado, a que tenía estrés o estaba tan cansada que ni podía descansar en la cama. Así hasta que un día se lo consulté a mi médico de cabecera y me mandó directa al psicólogo, quien me ayudó a solucionar todo esto que me pasaba y con la compañía de mi fiel escudero, un san bernardo que me compré y que es tan grande que como no cabe en el coche para las vacaciones de verano tengo que enviarlo al destino a través del transporte para mascota de una empresa de confianza, Star Cargo, ya que lo tratan de maravilla en todo el trayecto, pendientes de que no le falte de nada, ni agua ni un veterinario.

Pues bien, como os decía, empecé a notar una especie de malestar en el cuerpo. Me levantaba cada día cansada y sabía que el problema venía de que dormía muy mal, porque por las noches tenía muchísimas pesadillas cada día además de que me despertaba cientos de veces y con el corazón revolucionado. Al comentarlo esto al médico me hizo ciertas preguntas, pero a diferencia de lo que yo me esperaba, que fuesen acerca de mi forma de cenar o de la cantidad, me preguntó por mi estado de ánimo, por si me había sentido triste recientemente por algún motivo. Yo le expliqué que sí, que había roto con el que era mi novio, a quien quería mucho pero con el que no me sentía feliz porque no me sentía correspondida, y porque en el trabajo después de tantos años no me veía valorada pese a todos los esfuerzos que hacía y las horas que allí echaba. Fue entonces cuando me derivó al psicólogo.

Y la psicóloga, después de varias sesiones, me explicó que en realidad todas esas pesadillas venían de una depresión que yo estaba intentando tapar o en la que no quería entrar a pensar dedicando tantas horas a trabajar.

Así, comenzamos a hacer terapia para que yo me sintiese mejor. Y tras muchas charlas entre las dos, una de las cosas que ella sacó en claro es que a mí me gustaban mucho los perros y que estaba reprimiendo el deseo de tener uno porque con el trabajo apenas me quedaría tiempo para sacarlo a pasear. Ella me explicó que la depresión es una enfermedad muy grave que puede tener consecuencias físicas también para el cuerpo, y que sería preferible empezar a sacar tiempo para mí y disfrutar de lo que realmente anhelaba, entre otras cosas, tener un perro.

Fue entonces cuando me compré a Roger, un perro precioso que me obliga a salir a caminar cada día al menos tres veces y uno de esos paseos lo hacemos largo, casi de una hora. A mí no me gustan los perros pequeños, y uno grande debe moverse, sería una crueldad tenerlo quieto en una piso como el mío, tan diminuto.

Roger no solamente trajo calma a mi vida al dejar de lado todo el estrés, sino que me hizo apreciar mucho su cariño. Cuando llegaba a casa me alegraba mucho verlo feliz y deseando acercarse a mí, e incluso sus paseos bajaron mi colesterol y mi tensión, incluso mi peso, viéndome más bonita y reconciliándome también con mi cuerpo, que se había vuelto mucho más fofo durante mis dos años con ansiedad.

Un final feliz

Mi perro no solo calmó mis ánimos y me ayudó a salir de la depresión, sino que también trajo otras cosas a mi vida de las que quizás no era tan consciente de que me faltaban. Un día, en uno de nuestros largos paseos, un chico se acercó a mí atraído por el perro, ya que no es una raza fácil de ver. Él salía a correr a la misma hora que nosotros bajábamos a caminar. Lo vi un día más, y otro, y otro… Y un día me invitó a cenar. Con la excusa del perro conocí al chico que devolvería la felicidad a mi vida y me haría sentir completa.

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